Por: Sergio Reyes II.

Quisiera, abrir de par en par el espacioso baúl en que guardo las palabras y tomándolas con sumo cuidado y devoción, seleccionar aquellas que mejor encajen, las que hagan conexión con lo que bulle en mi interior, en este día.
Quisiera, como el hechicero de los cuentos, con un simple tronar de dedos, poner a girar los verbos, adjetivos y sustantivos, para ensayar las mil y una formas posibles de definir aquello que estoy fraguando, y que ni yo mismo se lo que Habrá de ser.
Quisiera, armarme de valor, respirar profundamente, sustraerme del entorno y entregarme por entero a la meticulosa labor de ensartar vocales y consonantes, dando vida a las palabras que, en mayor o menor medida expresen lo que hoy siento.
Quisiera, apropiarme de las tildes, los acentos, los puntos y las comas, ir de la mano con la enigmática diéresis, usar hasta la saciedad los signos de admiración (!!!!) y, valiéndome arteramente del recurso de la duda, ir caminando en zig zag, junto al Señor interrogante (?) o los dubitativos monarcas del suspenso (…)
Quisiera, encomendarme a todos los paradigmas de la literatura universal que han moldeado, poco a poco, lentamente -como la gota en la piedra-, esta sublime ocupación de escritor.
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Por: Sergio Reyes II.
No hay que buscarlo en regiones distantes e inaccesibles, escondido entre las cimas nevadas del Himalaya y cubierto por cortinas de nubes a prueba de ambiciosos y depredadores. Ciertamente, al igual que aquel, éste Paraíso Perdido posee paisajes maravillosos en donde el tiempo se detiene y el entorno nos deja extasiados con el embrujo de la paz y la frescura imperante.
En honor a la verdad, en este lugar no hay presencia visible de la fabulosa e increíble infraestructura y las acomodaciones que encontraron a su llegada los viajeros que protagonizan la novela Horizontes Perdidos, del británico James Hilton; mismas que les hicieron abominar del mundo exterior y desear quedarse allí por el resto de sus días.
En efecto, no las hay -todavía-, y quizás, ni siquiera sean necesarias para garantizar una estancia feliz y placentera.
Y, si ponemos a un lado las dificultades de la llegada, el tortuoso trayecto, las pésimas condiciones del puente sobre el rio Neyta y los peligrosos deslizamientos de cierto tramo (a la altura del kilómetro 14) del camino que empalma a esta población con la carretera Loma de Cabrera-Restauración (que podrían resolverse con acciones más enérgicas y responsables de parte de los incumbentes de las correspondientes instancias estatales y municipales), estamos entonces en la mejor disposición de exponerles las virtudes y maravillas de un lugar que es mítico y tangible a la vez, con más condiciones de Paraíso que de Utopía y que, al igual que Shangri-la, tiene todas las cualidades requeridas por aquel que anda en busca de la espiritualidad y el reposo en un ambiente de paz, compartiendo con gente hacendosa, creativa y hospitalaria.
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Por: Sergio Reyes II.

Hay un lugar, en el firme de la Cordillera Central, en el que surge la vida a borbotones y se descuelga por los caminos señalados en los puntos cardinales para llevar alegría y esperanza a las diferentes regiones de Quisqueya. En ese recóndito lugar, entre espacios paradisíacos de cimas nubladas y un incomparable bosque enano, las impolutas gotas del rocío, las frecuentes precipitaciones y la hacendosa actividad de la copiosa y abigarrada floresta dan origen a profusas escorrentías que brotan por doquier en forma de caprichosos manantiales que reverberan entre las apretadas raíces de los arboles que conforman los extensos bosques de las serranías, se abren paso por entre macizos pedregones, se deslizan en total libertad por la superficie del terreno y a poco andar ya les vemos convertidos en cantarines arroyuelos.
Como Madre de las Aguas se le conoce, en novedosa y profunda denominación que destaca el valor de las diferentes redes hidrográficas de la Isla Hispaniola, y de las cuales, las más importantes nacen en este prodigioso lugar.
En efecto, en un espacio territorial no necesariamente extenso, en el que confluyen las provincias de San Juan de la Maguana, Elías Piña, Santiago Rodríguez, Dajabón, La Vega y Santiago, nacen, como hirvientes y espumosos manantiales, simples hilillos de agua o traviesos y bulliciosos arroyuelos, esos que andando el camino, desbrozando montes y serranías, descolgándose por entre escarpadas e inaccesibles barrancas, terminarán convertidos en inmensos volúmenes acuosos de incontenible empuje, dignos de respeto y admiración, en los cuales descansa el futuro agrícola de la Patria y las posibilidades reales de desarrollo sostenible, así como el consumo, en condiciones de salubridad, para los moradores de las comunidades de las diferentes regiones recorridas en su caprichoso andar.
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Por: Sergio Reyes II.
Hileras interminables de gente de todas las edades ascienden el escabroso sendero sin hacer caso a las dificultades que interpone la naturaleza. Han llegado de todas partes y cada cual alberga en lo más profundo de su sentimiento la fervorosa encomienda que le llevó hasta este lugar. Su semblante no refleja hastío, cansancio o incomodidad, como podría suponerse: en este día, otras sensaciones mas ligadas al espíritu y a la búsqueda de valoraciones positivas de la existencia, se aposentan en sus almas.
Podría decirse, sin exagerar, que cada uno de estos convencidos y enfebrecidos fieles aspira emular, con esta tortuosa caminata, el ejemplo de sacrificios, desprendimiento y amor a la humanidad que caracterizó la existencia de aquel estigmatizado, modelo de virtudes terrenales, que predicó la pobreza como un valor y propuso -y lo aplicó en su vida misma- el sostenimiento de una vida sencilla basada en los ideales de los Evangelios.
En lontananza y a sus espaldas se vislumbra la silueta del poblado, con sus simétricas callecitas y su bucólico ambiente provinciano. Y recortado contra el horizonte, entre el ramaje de los frondosos y añejos árboles que pueblan las calles, se destaca la inconfundible silueta del campanario de la iglesia de Bánica, hermosísima joya de la arquitectura colonial que se ha mantenido por años siendo baluarte del sentimiento cristiano y defensor intransigente de la Patria, en estos lejanos confines del suroeste de la República Dominicana en donde, también, campea por los cuatro costados la nacionalidad.
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Por: Sergio Reyes II.
Corría el minuto 116 en el desarrollo del apasionante partido en que se disputaba el máximo galardón de la justa convocada por la Federación Internacional de Futbol Asociación -FIFA- (por sus siglas en inglés); Los ojos del mundo seguían con suma atención las posiciones defendidas por los jugadores de ambas escuadras en el desarrollo de los acontecimientos y, por momentos, el éxtasis y la agonía se disputaban los espacios en un derroche de emoción que arrastraba a todos, ante un inminente final con empate cero a cero y sin un avasallante dominio de ninguna de las partes.
Y llegó el momento en que un esforzado Andrés Iniesta, recibió un balón en el área y sorprendió al guardameta holandés, con un contundente tiro cruzado; y lo demás es historia: España se coronó, en Johannesburgo, Sudáfrica, campeón del máximo evento mundial de la disciplina futbolística, mientras que una Holanda, tres veces finalista en este tipo de justa, tuvo que resignar sus expectativas y conformarse con un no menos importante segundo lugar.
Con las explosiones de alegría, las efusivas felicitaciones y la profusión de imágenes en donde se resalta el decisivo papel jugado por el deporte para unir a los pueblos, termina una intensa jornada de varias semanas en las que todo el mundo se mantuvo en vilo, pendiente del resultado de los diferentes encuentros, de las emocionantes jugadas protagonizadas por las grandes estrellas de este deporte, los novedosos bailes rituales de las diferentes etnias del continente africano, matizados por las inflexiones de la voz y los sensuales golpes de cadera de la colombiana Shakira y, claro está, el persistente sonido de las vuvuzelas, curiosa trompeta de factura africana con la que los fanáticos se mantuvieron animando a sus respectivos equipos hasta el cansancio, el paroxismo y la desesperación.
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